Una película, que aunque muda, habla fuerte y claro.
En un tiempo y lugar donde el peligrosamente creciente precio del boleto fuerza cada vez menos al espectador a elegir a que cine ir, y cada vez más a sopesar si vale la pena ver determinada película en el cine, da gusto que existan películas como esta. No voy a mentir, mi atención por El Artista fue por su aparente condición de caballo ganador en la carrera por los Oscar. Todos los rumores y premios están absolutamente merecidos.
El guion de El Artista parte de una simple premisa: Cuando Hollywood se mete a hacer cine sonoro, un actor ve su carrera descender mientras que la de una actriz, a la que en cierta manera ayudo, asciende como la espuma. El que encuentre algún parecido con el argumento de Cantando bajo la Lluvia, les diría que tienen la razón y a la vez se equivocan. El escenario y los personajes tal vez sean los mismos, pero el tono dramático y la inteligencia de Hazanavicius al concebir las escenas, dentro de las acotadas condiciones de verosimil en las que se ha aventurado a meter, es lo que hacen de esta película algo verdaderamente original por no decir conmovedor. La historia tiene ritmo, pasa como un suspiro, y nos involucramos en las miserias de los personajes como si fueran nuestras.
A nivel actoral, el que se roba la película es el señor Jean Dujardin, en su rol de George Valentin (obvia referencia a Rudolph Valentino), es un tipo que tiene una tarea difícil. Tiene que comunicar cada emoción y cada marca de subtexto solo con su cara. Para una persona que por cuestiones de verosímil está imposibilitada para hablar, esto es una lección de cómo interpretar que muchos deberían tener en cuenta. Su esfuerzo y su éxito al llevar a buen puerto tamaña empresa interpretativa es algo que merece ser aplaudido de pie. Ya no existen actores hoy en día que te contagien una sonrisa como lo hace el.
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Berenice Bejo, en su rol de Peppy Miller, otorga un secundario que provee la suficiente fuerza, y no está ahí como un mero interés romántico. Más allá de que estemos hablando de la mujer del director, estamos hablando de una soberbia decisión de casting, porque sus movimientos, sus gestos y su modo de bailar da la sensación que estamos ante una autentica heroína de películas mudas como Mary Pickford, Lillian Gish o Gloria Swanson (de donde viene el detalle del lunar)
Si bien hay apariciones de excelentes actores como John Goodman, Penelope Ann Miller y Malcolm McDowell, el que brilla entre los intérpretes secundarios es incuestionablemente James Cromwell como el chofer del personaje principal.
Lectores, sepan perdonarme dos pequeños excursus: 1) ¿Cuándo un Oscar para este señor? Porque no puede ser que con la sensibilidad, sinceridad y solidez que le otorga a cada personaje que interpreta, su única nominación sea por Babe, el Chanchito Valiente. 2) Aunque Helen Mirren me parece una actriz de la hostia, creo que el único que podía suceder a John Gielgud como corresponde para la nueva Arthur era este señor. Pero no, todo con tal que Russell Brand pueda hacerse el graciosito (No lo es para nada. Y otra cosa, flaquito, no sos Dudley Moore, que no lo sos, Canejo) Ya dije.
Con perdón del exabrupto, retomemos con los aspectos técnicos de la peli.
La película destaca por tener un montaje rítmicamente dinámico que coordina los planos justos y necesarios correspondientes a la lograda fotografía en blanco y negro que es todo un prodigio de composición de encuadre.
Pero lo que merece un verdadero aplauso, ovación de pie, o la apreciación de vuestra preferencia, es la música de Ludovic Bource. La mayoría de las partituras se limitan a subrayar las acciones. Acá no hay nada de eso; en El Artista la música trasciende su condición de herramienta y se vuelve un personaje más de la película. Un narrador en V.O. semi-oficial que es el tercer gran protagonista de la película después de Dujardin y Bejo.
La escenografía y vestuario reprodujeron cabalmente no solo los cines, sino las calles y más que nada los estudios de los años 20. La exactitud en el detalle y en las texturas son dignas de mención. Esto ayudo más de lo que se piensa a que compremos la ilusión de que esta es una verdadera película de época.
Conclusión: Nunca me alegre tanto de pagar una entrada de cine en mi vida. Brilla por su simpleza y conmueve por su inteligencia. Engancha al espectador y lo hace un risueño -y algunas veces lagrimeante- cómplice desde el primer hasta el último fotograma. Una sincera carta de amor a todo el cine que ha existido y aún queda por existir. Un mensaje sobre el cambio inevitable y las consecuencias del orgullo. Una lección paradigmática sobre la sencillez a la hora de narrar con imágenes.
Vayan a verla al Cine. No solo porque vale la pena. Sino porque la película se lo ha ganado.
Altamente recomendable.







