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Fargo y la confianza en el espectador

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Fargo y la confianza en el espectador

Fargo y la confianza en el espectador

Fargo es una de esas películas que proporciona miles de lecciones sobre el narrar para la pantalla. Les quiero compartir una que me ha dejado al leer su guion.

A la hora de aprender el oficio de guionista, un ejercicio más que interesante es cotejar un guion publicado (o conseguido en internet) con la película terminada. Así se puede apreciar la redacción a la hora de describir acciones y lugares, si hay abundancia de palabras o si es directo y al punto. También, en algunas versiones, uno puede cruzarse con escenas que no llegaron a filmarse, o escenas que en la película son breves pero que en el guion tenían mucho más desarrollo. Por supuesto, también cabe la posibilidad de que se haya filmado completo y, en la isla de montaje, el director haya decidido que todo lo que se necesitaba de la escena era apenas un segmento muy específico.

Fargo y la confianza en el espectador

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Traigo ello a colación porque leyendo el guion de Fargo, escrito por Joel & Ethan Coen, llego a la instancia donde Jerry Lundegaard, en su auto, se encuentra con el cadáver de su suegro en el suelo de un estacionamiento.

En el film, el baúl sutilmente se levanta y los Coen cortan directamente a la siguiente escena.

Lo que llamó mi atención fue que los Coen habían escrito en el guion todo el trajín que hace Lundegaard para meter el cuerpo en el baúl. De haber llegado la escena al corte final en su totalidad, hubiera sido de riguroso humor negro Coenesco, más todavía considerando la construcción que se vino haciendo de Lundegaard como un personaje debilucho e ineficiente.

Sin embargo, decidieron no mostrar el resto de la escena. Sencillamente porque sabían que ese trajín no iba a sumar nueva información al espectador, e iba a entorpecer el ritmo narrativo.

Billy Wilder, gran guionista y director de la edad de oro del cine, cuenta que una de las lecciones que le dio su maestro Ernst Lubitsch (otro grande del mismo periodo), fue que el espectador siempre tiene que poder «sumar dos y dos». Que sea su inteligencia la que le permita deducir qué fue lo que pasó o lo que pasará sin que se lo muestren en detalle (lo cual no es lo mismo que adivinar el final de la película). En definitiva, que su inteligencia sea el instrumento que le permita ser partícipe activo en lo que está viendo.

Es una de esas decisiones de guion y de montaje que saltan a la vista por qué se tomaron. En la escena de Fargo (1996), el auto llega, encuadrado a la izquierda mientras el cuerpo del suegro está a la derecha. Una vez establecidos los detalles, el plano se sostiene largo y estático, hasta que se levanta el baúl y pasan a la escena siguiente. Es precisamente esa estaticidad la que contribuye a que solo con levantarse el baúl se sepa lo que va a pasar. En esa estaticidad, el espectador se hizo todo el resto de la escena en su cabeza… y si el espectador se te adelantó, no lo sigas confirmando.

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Análisis de guion y película terminada: el caso Fargo

Los Coen no subestiman a su público, sino que confían en él.

Sí, ver el resto de la escena nos habría causado gracia por la torpeza de Lundegaard. Pero eso no es nueva información; sí lo es, en cambio, que quiera llevarse el cadáver de su suegro. Una información que el espectador ya obtuvo al mostrársele la simple apertura del baúl. De haber quedado lo demás, hubiera sido un relleno que sobra y habría obstruido la fluidez del ritmo.

«Mostrame, no me cuentes» es una de las máximas en la narración cinematográfica. Pero la deducción que el espectador saca de asociar dos momentos aparentemente inconexos -más aún teniendo en cuenta el comportamiento del personaje- es una máxima igual de poderosa. Una de muchas razones por las que Fargo perdura 24 años después de su estreno.

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