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La filmografía de Agnès Varda

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Cine

La filmografía de Agnès Varda

“En mis películas traté de ser una feminista alegre, pero estaba muy enojada”. Un recorrido por la filmografía de Agnès Varda.

Un ícono, una referente, una pionera, una inspiración. Cuando se habla de la fallecida y entrañable Agnès Varda (1928-2019) por momentos se la suele describir con algunas de estas palabras. Pero tal vez ninguna de ellas le hace tanta justicia como el de punk.

la filmografía de agnès vardaDueña de una empatía y un magnético sentido del humor, la cineasta belga del característico corte taza bicolor siempre se mantuvo alejada de las tendencias, construyendo un universo propio de mujeres complejas, playas, pescadores y por supuesto, gatos, decenas de ellos, como el que ilustra el logo de su productora Ciné Tamaris.

El constante interés por la la experimentación hizo que la autora encontrara su estilo a temprana edad a través de la fotografía, un medio de expresión que le permitía huir de los convencionalismos. Su acercamiento al séptimo arte se vio influenciado justamente por la necesidad de darle voz a aquellos retratos cuyas historias parecían abrir la puerta a todo un microcosmos oculto en los márgenes de la sociedad.

Sin haber estudiado cine formalmente -ella misma reveló que hasta aquel entonces solo había visto unas diez películas- y contando con un escaso presupuesto, Agnès rindió honor al Do it YourselfHazlo tu Mismo») con su opera prima rodada en un pueblo pesquero similar al que la vio crecer. Fue así como, a partir de un lenguaje cinematográfico poético que entrelazaba el documental y la ficción, se convirtió sin planearlo en pionera de la Nouvelle Vague, la corriente francesa de principios de los ‘60 que tuvo a François Truffaut y Jean- Luc Godard como máximos referentes y de la que también supo formar parte su esposo, el director Jacques Demy. A excepción de Godard, todos sus referentes han muerto, pero el legado en materia de libertad creativa y transgresión de las reglas cinematográficas resulta de un valor inconmensurable.

Los movimientos por los derechos humanos, revolucionarios y contraculturales de su época, constituyeron una importante fuente de inspiración. Es por ello que su filmografía se encuentra teñida de temas como el feminismo, el medio ambiente y las luchas anti racistas. La visión de Varda sobre el matrimonio, las relaciones de pareja y la maternidad se sienten tan actuales que sin duda dan cuenta de las intenciones de una mujer adelantada a su tiempo. Su cine está repleto de historias que la acercan a una comprensión profunda de la humanidad, pero también es un reflejo de su propia vida. Tal como expresó en algún momento: “No estoy detrás de la cámara, estoy dentro de ella”.

La filmografía de Agnès Varda, un repaso por sus obras más notables.

La Pointe-Courte (1955)

La Filmografía de Agnès Varda la filmografía de agnès varda

La ciudad que da nombre a la película es un pequeño pueblo pesquero al sur de Francia, de casitas bajas de madera y plagado de gatos callejeros. Allí, una pareja que se ha tomado unas vacaciones se encuentra para debatir si continuar o no con su relación. Mientras el protagonista masculino le hace un recorrido a su novia parisina por el pueblo en donde se crio, a la vez que intenta convencerla de que el lazo construido es mucho más fuerte que la pérdida del enamoramiento inicial, la comunidad de La Pointe-Courte entra en estado de alerta ante una inspección municipal que pone en peligro su único medio de vida.

Si la estructura dual que intercala ambas historias y el estilo de ficción con elementos de documental etnográfico les recuerda a Hiroshima Mon Amour (1959), esto quizás se deba a que el montajista de este film fue nada menos que Alain Resnais, director de aquella otra gran referente de la Nouvelle Vague. La poética visual que utiliza Varda para narrar el conflicto amoroso y las tareas cotidianas de aquellos vecinos (todos ellos habitantes reales de la localidad), es de una originalidad y belleza notables. Una ópera prima dotada de un lenguaje único y muchísima libertad que confronta el costumbrismo con las escenas introspectivas y filosóficas de la pareja. Dos universos en uno.

Cleo de 5 a 7 (1962)

Agnès Varda y la Nouvelle Vague la filmografía de agnès varda

La película más popular de Agnès Varda y la que le valió el reconocimiento de la crítica y sus colegas en festivales internacionales como Cannes, es un drama que hace mella en la mirada ajena, los cánones de belleza y la construcción de los estereotipos femeninos. En ella, somos testigos en tiempo real de las actividades que realiza una bella cantante (Corinne Marchand) por los bulevares de París mientras espera con pánico y angustia los resultados de un análisis que develará si padece cáncer o no.

A pesar de estar rodeada de personajes que la consienten y le cumplen todos sus caprichos, la protagonista se siente en completa soledad ante la indiferencia que muestran los demás por su salud. Para sus colaboradores ella es solo una hipocondríaca, una joven rica y mimada sin ningún problema real. Con la muerte pisándole los talones, su belleza física parece ser lo único a lo que puede aferrarse. Pero ni la mirada confortante que siente Cleo cada vez que observa su rostro jovial en un espejo ni los vistazos lascivos y aprobatorios por parte de los transeúntes masculinos resultan suficientes. Algo ha cambiado en ese ser superficial y en su manera de comprender el entorno.

En Cleo de 5 a 7, Varda consigue de manera exquisita reflexionar acerca de la mirada patriarcal, definitoria y limitante, y su impacto sobre la vida de las mujeres. La muerte, el amor y el destino se ponen en juego en este relato en donde tanto ritmo como fotografía y composición de los planos, crean un todo armonioso que lo transforma en un clásico al que siempre es agradable volver.

La Felicidad (1965)

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La Felicidad sigue a un carpintero llamado François que vive plácidamente junto a su esposa e hijos. Su vida se divide entre el taller, sus salidas circunstanciales a bares con sus colegas y los fines de semana, donde suele pasar las tardes primaverales en un campo junto a su familia. Tras conocer de casualidad a otra mujer y comenzar una relación paralela, el joven siente que la felicidad que le transmiten ambos vínculos es muy superior y cercana al éxtasis. De esta manera, François plantea la posibilidad de disfrutar de una dinámica poliamorosa con el consentimiento de ellas.

Se trata de la primera película en donde la directora usa el color como un dispositivo narrativo. Con paisajes campestres llenos de colores amarillos y verdes resplandecientes que remiten a las pinturas impresionistas, Varda transmite al espectador aquella idea de vida familiar idílica de clase de media típica de los comerciales norteamericanos.

A partir de un guion inteligente y sutil, Agnès deja en evidencia que lejos de tratarse de una reivindicación del «amor libre», en sintonía con el movimiento hippie de la época, o una reflexión acerca de la familia nuclear monógama, la propuesta del protagonista no es más que otra forma de represión patriarcal que somete a las mujeres a roles específicos con el fin de satisfacer sus deseos.

Una rareza para la industria cinematográfica europea de los ’60 que hoy en día toma mayor relevancia ante las tendencias polígamas y el denominado poliamor, que apenas se limitan a plantear una mayor satisfacción a nivel sexual pero que no modifican en absoluto los patrones de género tradicionales dentro del entorno familiar.

Las Criaturas (1966)

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Agnès Varda también transitó por el género fantástico con este film hipnótico y lleno de simbolismos en donde fantasía y realidad se entremezclan en un relato sobre el control de nuestras acciones.

En Las Criaturas, un escritor de ciencia ficción (Michel Piccoli) y su esposa (Catherine Deneuve) sufren un accidente automovilístico que deja a esta última con un trauma psicológico que le impide volver a hablar. Tras instalarse en un misterioso pueblo costero, el novelista comienza a dar rienda suelta a su imaginación a través de una historia en donde los habitantes del pueblo son manipulados como fichas de juego por un excéntrico ingeniero que vive oculto en lo alto de una torre. En un claro homenaje a El Séptimo Sello de Ingmar Bergman, escritor y antagonista se baten los destinos de la humanidad en una partida de ajedrez.

A pesar de haber significado todo un fracaso comercial, Las Criaturas supuso un nuevo reto en la carrera de Varda, quien aquí vuelve a incorporar la teoría del color de manera eficiente, filtrando de rojo intenso la pantalla blanca y negra cuando las perversiones del ingeniero logran materializarse.

La película juega de modo paródico, con todos aquellos elementos del terror clásico: la isla siniestra en donde transcurre la acción, la bella e inocente mujer hechizada por una especie de maldición, el villano del castillo, el laboratorio y el héroe que pretende salvarlos a todos de la decadencia. A su vez, la perspectiva de género está presente constantemente tanto en los actos abusivos e impúdicos a los que son sometidos los habitantes, como en la relación de vigilancia y control que ejerce el escritor sobre su esposa muda.

Black Panthers (1968)

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En el año del Mayo Francés, curiosamente el ojo inquieto de Agnès no se encontraba en el país para documentarlo. No obstante, la directora pudo ser testigo con su cámara de 16 mm a cuestas de otro de los movimientos más importantes del siglo XX: el de los derechos de la comunidad afroamericana de la mano del incipiente partido de los Black Panthers (Panteras Negras).

Instalada en California junto con su marido Jacques Demy, Varda documenta en este cortometraje las protestas en torno al encarcelamiento ilegal de Huey Newton, uno de los fundadores de este grupo de autodefensa que había surgido hacía apenas dos años en el entorno universitario. A través de un registro íntimo, Agnès narra las particularidades de este movimiento cuyos integrantes se caracterizaban por ir vestidos con chaquetas de cuero y boinas negras y, por supuesto, armados en respuesta a la brutalidad de las fuerzas represivas. Entre cánticos, bailes y panfletos, los Black Panthers dejaban en claro su programa: que el Estado garantice el derecho al empleo, el hogar, la salud y la educación gratuita y de calidad para la comunidad negra, la liberación de sus presos políticos, el fin de la Guerra de Vietnam y de los abusos y asesinatos raciales por parte de los uniformados, entre otras consignas.

En una de las escenas más maravillosas, la cineasta capta a una activista afrodescendiente reivindicando a cámara la decisión de las mujeres de lucir sus cabellos crespos naturales y no esconderlo como muchas debajo de una peluca. Sin buscarlo, Varda nos entrega no solo una pieza de orgullo identitario sino también un discurso poderosamente feminista.

Una Canta, la Otra No (1977)

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En 1971, la directora belga formó parte junto a otras personalidades de la cultura como Simone de Beauvoir y Catherine Deneuve del llamado Manifiesto de las 343. En él, 343 mujeres afirmaban haber abortado en condiciones clandestinas y exigían al gobierno francés el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos de manera segura, legal y accesible.

Años más tarde, Varda dirige una de las películas feministas más recordadas de su tiempo. Una Canta, la Otra No narra la amistad de dos mujeres -Pauline y Suzanne- a través de las décadas y la distancia. Como afirma el título, una de ellas es una joven estudiante de canto y la otra subsiste como puede con dos hijos pequeños a su cargo y la desesperante noticia de un nuevo embarazo que no desea. El drama del aborto ilegal será el punto de partida que forjará el lazo de hermandad entre estas dos protagonistas que intentan hacerse camino en un sistema machista y salvaje, cada una desde su propio microcosmos y comunicadas a través de cartas.

Con este film, Agnès captura la efervescencia de la segunda ola feminista y el espíritu francés de contracultura que se vivía en el rock por aquellos años. Un aporte a la reflexión sobre la necesidad de independencia económica, la libertad creativa, la militancia, la maternidad y la idea de familia convencional que continúa más vigente que nunca.

Sin Techo ni Ley (1985)

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Ganador del León de Oro en el Festival de Venecia, este drama narra a partir de flashbacks los últimos días de vida de Mona (Sandrine Bonnaire), una chica vagabunda que subsiste gracias a changas circunstanciales mientras viaja sin destino haciendo autostop y durmiendo a la intemperie a un costado de la carretera. Con un registro que simula el documental, la cámara recoge en tiempo presente los testimonios de las diversas personas que se han cruzado con ella antes de su trágico final.

Varda consigue en Sin Techo ni Ley impactar con un retrato duro, austero y poético de una joven que ha decidido vivir en los márgenes del sistema y en soledad. No conocemos su pasado, su familia, ni las causas que la han llevado a desertar de un modo de vida convencional para convertirse en nómada. Ella es un enigma que ninguna de las descripciones de los testigos parece poder descifrar. Para algunos es un alma libre y valiente, una rebelde. Para otros se trata de una mujer peligrosa, terca e ingrata. En su personalidad anónima se proyectan todos aquellos miedos, frustraciones y deseos ocultos de quienes se resguardan en las seguridad de las normas sociales y la propiedad privada.

Mona le hace frente a las miserias, el clima hostil y las amenazas del mundo machista con una actitud desafiante y despreocupada. No demuestra gratitud por las limosnas ni interés por los ofrecimientos de empleo que le permitan algo más que saciar su necesidad de alimento. Tampoco se compromete sentimentalmente con nadie. Cualquier aspecto que suponga una atadura o que perturbe su radical idea de existencia es inmediatamente rechazado.

Agnès Varda escapa de los sensacionalismos para construir a través de retazos un personaje femenino complejo, que no se victimiza ni busca la empatía fácil de la audiencia. Su presencia como paria de la sociedad es también una forma de hablar de ese entorno y el por qué de la incomodidad que provoca. Una propuesta arriesgada y una brillante interpretación por parte de Sandrine Bonnaire, quien recibió un Premio César por este papel.

Las Playas de Agnès (2008)

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En este documental, la mítica directora recorre su biografía en un set maravillosamente improvisado y repleto de espejos situados en la playa, su lugar en el mundo. Desde su infancia en un pueblo pesquero de Francia, al que llegó con su familia desde Bélgica tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pasando por sus orígenes artísticos en la fotografía y el mundo del cine, Varda narra con picaresca y originalidad los acontecimientos, lugares e influencias que la llevaron a ser hoy una de las cineastas más extraordinarias y queridas de la historia.

Las Playas de Agnès se alza como un fascinante bricolaje en el que las memorias se tiñen de fantasía a través de dramatizaciones y puestas en escena surrealistas. Durante casi dos horas, la directora nos invita a recorrer los sitios emblemáticos de su carrera y de su vida familiar acompañada por sus protagonistas. En una de las escenas más conmovedoras, Varda regresa luego de cinco décadas a La Pointe- Courte, pueblo donde rodó su ópera prima, y se reencuentra con los lugareños que formaron parte de ella. En otro momento, vemos a la artista pasearse junto a Michel Piccoli por la isla francesa que sirvió como locación de la misteriosa Las Criaturas. El hogar en donde se crio, entre veleros y pescadores, una San Francisco rodeada de skaters y su productora Ciné Tamaris transformada en una playa a base de maquetas, constituyen los paisajes en los que Varda navega por su pasado en blanco y negro para salpicarlo de colores.

La relación de Agnès con el director Jacques Demy, a quien acompañó desde su juventud en los años ’60 hasta su muerte en 1990, toca la fibra más sensible del relato. No obstante, en ningún momento permite que la historia caiga en un pozo oscuro de dramatismo. Varda bailando a orillas del mar junto a sus hijos -la productora y vestuarista Rosalie Varda y el actor Mathieu Demy- y nietos, es tal vez una de las escenas que mejor resume su espíritu frente a la vida.

Una verdadera oda a la creación y a la libertad que difumina una vez más los límites entre ficción y realidad.

Más historias…

“Si abriéramos gente encontraríamos paisajes”

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Una de las cualidades de Agnès Varda como documentalista es su despojo de cualquier tipo de objetividad impostada al momento de visibilizar historias y volverse parte de ellas. En Los Espigadores y la Espigadora (2000), la artista toma por primera vez una pequeña cámara digital con el fin de acercarse de modo no intrusivo en el mundo de los espigadores franceses, aquellos que recogen lo que otros desechan. A través de entrevistas, descubrimos junto a ella las diversas razones -económicas, ecológicas y creativas- que se esconden detrás de una problemática que ya forma parte del paisaje urbano de cualquier latitud. Inconscientemente, Varda se transforma también en espigadora mientras reúne relatos y realidades que parecen haber sido descartados por la maquinaria audiovisual.

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La fotografía es un medio capaz de inmortalizar lo efímero y eso es lo que Agnès logra transmitir en Caras y Lugares (2017), donde cada rostro es poseedor de una historia que no quiere ser olvidada. Junto al fotógrafo vanguardista francés JR, conocido internacionalmente por sus impactantes obras montadas en insólitos lugares tales como las favelas de Río de Janeiro o el Muro de Gaza, la cineasta recorre en una furgoneta distintos pueblos rurales creando murales a partir de retratos de los autóctonos. La química que surge entre estos dos artistas de generaciones tan disímiles resulta alucinante y también impulsa a Varda a un viaje interior por sus inicios en el arte de la observación, que la lleva a sitios como El Museo del Louvre, en donde revive la clásica escena de Banda Aparte (1964), o al cementerio en donde descansan los restos del fotógrafo Henri Cartier-Bresson.

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Su último film, bautizado Varda por Agnès (2019), no solo es una inmersión en primera persona y a modo de clase magistral por los aspectos inspiracionales e imaginativos que marcaron su filmografía, sino que funciona como un retrato de una generación, de una época, de una manera de hacer y pensar el cine. Aquí vuelve a hacerse presente el estilo narrativo lúdico de la cineasta, quien a sus 90 años comparte sus búsquedas y secretos asociando libremente cada fragmento de su historia artística.

La emocionante despedida de la abuela de la Nouvelle Vague nos lleva a repensar la necesidad de voces diversas que aporten nuevas perspectivas dentro de la golpeada industria cinematográfica actual, cuya tendencia a la producción en serie continúa excluyendo a los autores o, en el mejor de los casos, delimitando su libertad creativa en pos de intereses capitalistas que nada tienen que ver con el hecho artístico.


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