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La Llorona (REVIEW)

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La Llorona (REVIEW)

La película guatemalteca La Llorona reinventa la tétrica leyenda del folclore latinoamericano para sumergirse en los horrores reales del genocidio indígena. Crítica a continuación.

El film de Jayro Bustamante (Ixcanul) ha hecho historia recientemente como la primera representante del cine guatemalteco en ser nominada en los premios Golden Globes como Mejor Película Extranjera. Al igual que His House, el film inglés estrenado el año pasado vía Netflix, La Llorona se suma a la lista de películas que abordan una temática sociopolítica, histórica y de carácter denunciante, a través de los elementos característicos del cine de terror y suspenso.

En esta oportunidad, la antigua leyenda del fantasma de la mujer que llora mientras busca a sus hijos ahogados, cobra un nuevo sentido en este relato sobre la masacre a la comunidad maya a principios de los ’80, durante la guerra civil guatemalteca.

La Llorona, sollozos de un pueblo herido

La Llorona transcurre en tiempos actuales, mientras la Justicia de Guatemala lleva adelante el juicio a los responsables por el genocidio al pueblo maya ixil, a quien el gobierno de facto desterró de la zona petrolera del país entre 1980 y 1983 bajo el pretexto de ser colaboradores de la guerrilla comunista.

El principal imputado es el ex General Enrique Monteverde (Julio Díaz), autor intelectual y material de lo que se conoció como «Operación Sofía», un plan criminal que incluyó violaciones y torturas a las mujeres de la comunidad y el asesinato de sus niños. Mientras transcurre el juicio, el ahora anciano General protagoniza un violento episodio alucinatorio en su hogar, donde jura escuchar el llanto de una mujer, algo que tanto su esposa Carmen (Margarita Kenéfic) como su hija Natalia (Sabrina De La Hoz), atribuyen a su avanzada edad y su delicado estado de salud.

En medio de las enardecidas protestas por la absolución de Monteverde que llevan a la familia a refugiarse dentro de los confines de su mansión, la nueva empleada, una joven de origen nativo llamada Alma (María Mercedes Coroy), se hace presente en el lugar.

Portadora de una melena larga y oscura que recuerda a los espíritus vengativos del cine de terror japonés, la figura silenciosa de Alma se desliza por los rincones de la casa siempre cerca del agua. El escenario claustrofóbico se vuelve aún más espeluznante cuando los sueños y visiones de un pasado trágico alteran a sus habitantes, llevándolos a actuar de formas extrañas.

El terror como herramienta de conciencia social

Jayro Bustamante comenzó incursionando en el cine social con su multipremiada ópera prima Ixcanul, en donde reflexiona sobre las crudas vivencias de las mujeres dentro de la comunidad maya. En La Llorona decide jugar con las creencias sobrenaturales y los terrores que forman parte de la historia política de su país. El papel del General Monteverde se encuentra aparentemente basado en el dictador Efraín Ríos Montt, a quien la Justicia guatemalteca condenó en 2013 a 80 años de prisión por delitos de lesa humanidad, pero que falleció impune tras la nulidad del fallo por parte de la Corte Constitucional y el argumento de demencia senil que impidió llevarlo a juicio nuevamente.

El realizador, junto a su co-guionista Lisando Sánchez, hacen un buen trabajo de guion en donde intentan no encaminarse por lo obvio y explorar las dualidades de personajes como Carmen, la esposa del General, cuyo arco se alza como el más interesante de la trama. La escritura hace hincapié en la impunidad y las tensiones raciales y de clase entre los pueblos nativos y las familias de poder, que en este caso confluyen en un mismo hogar. Pero además, es una denuncia a la violencia patriarcal, estructural y sistémica, cuyo hijo legítimo es este genocida que también ha utilizado su hegemonía para manipular a las mujeres de su familia.

Sin duda, el aspecto visual y atmosférico se encuentra entre lo más logrado del film. Bustamante aprovecha al máximo el espacio opresivo del hogar y la amenaza que supone el exterior, en donde ni la represión policial puede apagar los cánticos y el clamor de justicia de los familiares de las víctimas, apostados en la puerta de la mansión. El fuera de campo, la cámara que se expande lentamente sobre el conjunto de los protagonistas, las secuencias oníricas y los sonidos que llegan desde el afuera, potencian el tono enrarecido y pesadillesco.

Quienes esperen de La LLorona una típica película de espíritus con todos sus jump scares y clichés -que bien pueden encontrarse en la mediocre La Maldición de la Llorona (2019), film norteamericano que ha suscitado confusiones- quedarán sorprendidos ante una narrativa bien construida, orgánica, que con imaginería entrelaza perfectamente la leyenda con la realidad, logrando un resultado inquietante.

La Llorona (REVIEW)
Conclusión
Una interesante y atmosférica recontextualización de la conocida leyenda del folclore latinoamericano que combina el terror sobrenatural con los horrores de un Estado totalitario.
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