Críticas
Matar al Dragón (REVIEW)
Película reseñada durante el Buenos Aires Rojo Sangre 2020
Película reseñada durante el Buenos Aires Rojo Sangre 2020
Un tranquilo y paradisíaco pueblo de campo esconde el oscuro secreto que le permite mantener su prosperidad.
Desde que todos recuerdan y por motivos que nadie realmente sabe, cada tanto las niñas de determinada edad desaparecen para nunca volver. Y si alguien intenta resistirse lo paga con su vida. Así fue que la noche en que llegaron para llevarse a Elena (Justina Bustos) solo su hermano Facundo (Guillermo Pfening) sobrevivió, quedando huérfano y marcado por el trauma.
Veinticinco años después, Elena es la primera de esas niñas en regresar, siendo acogida por Facundo en el hospital donde es médico. En la superficie su salud física parece buena, pero su sangre está claramente contaminada por algo que Facundo conoce pero no entiende. Es el secreto de La Tejedora, la maldición de la bruja que condena al pueblo desde hace generaciones. Con evidente estrés post traumático, Elena se niega a hablar, mucho menos a contar dónde estuvo todo ese tiempo.
Contra toda prudencia, Facundo la lleva de regreso a su antigua casa donde ahora vive con su esposa e hijas. No sabe a qué clase de riesgos las está exponiendo, pero la culpa de haber perdido a su hermana por tantos años no le permite actuar de otra manera ni siquiera cuando el hombre con quien aparentemente estuvo todo ese tiempo (Luis Machín) viene a buscarla y no parece proclive a dejar libre a su gallina de los huevos de oro.
Hay dos mitades en Matar al Dragón y unos tenues conectores que mantienen unidos los pedazos. Como contracaras de una misma moneda, la blanda luminosidad donde vive la familia se contrapone al sórdido mundo subterráneo de La Tejedora, donde quedan atrapados todos los que se cruzan en su camino y prueban de su poder.
De un lado están los que siguen las reglas y no hacen demasiadas preguntas, del otro los marginales que caen entre las grietas de la sociedad y son olvidados, los que deben luchar a diario para sobrevivir y alimentar el hambre de ese ente maligno que los mantiene atados a su voluntad con vicios y deudas. El mismo ente que les exige que cada tanto le entreguen víctimas nuevas, niñas jóvenes que son arrebatadas del mundo luminoso.
Según su guionista Diego Fleischer y la directora Jimena Monteoliva (Clementina), Matar al Dragón es una pesadilla convertida en película. Eso podría explicar que su lenguaje sea principalmente visual y siempre algo onírico, intangible. Los huecos comienzan a notarse en cuanto debe avanzar con lo narrativo para ponerle cuerpo y contenido a esa premisa de mundo fantástico que nunca se desarrolla del todo.
Parece haber varias alegorías dispersas por el mundo de Matar al Dragón que podrían referenciar a conflictos de clase, narcotráfico y trata de personas, pero todo se siente rústico y a mitad de camino, como si a esa pesadilla le faltaran piezas que completen la idea de lo que está pretendiendo contar, como si se hubiera tomado más tiempo en presentar una historia que en decidir cómo cerrarla o hacia dónde llevarla.
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