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Críticas

REVIEW: Puto

El segundo largometraje de Pablo Oliverio, Puto, es una propuesta tan íntima como provocadora, abarcando un espectro que va mucho más allá de su título.

El amor antes del amor

Pablo Oliverio irrumpió en la escena del largometraje con el muy logrado documental Fiesta con Amigxs. Allí ponía, en boca de sus protagonistas, el antes y el después de la sanción de la ley de identidad de género. Diferentes testimonios contaban su vida y se entremezclaban con el debate público y legislativo, dejando entrever la necesidad de que esa ley fuese promulgada.

Más allá del impacto que pueda provocar su título, y hay que decirlo, sus imágenes, Puto transita caminos similares.

No de manera tan directa como en su anterior film, pero en estas historias pre-reconocimiento legislativo, se trasluce la importancia de lo que vendría después.

Una placa nos introduce en escena, y así sabremos que su concepto fue “reformulado” luego de su estreno original en BAFICI en 2006. Puto fue filmada en ese año, en una Argentina sin leyes de género, donde el amor encontraba cualquier escondrijo para florecer.

Y la propuesta es simplemente eso, aunque un análisis en contexto elimina esa simpleza.

De una duración que apenas sobrepasa la hora para ser un largometraje, Puto nos muestra el deambular de una pareja por las reconocidas calles de Buenos Aires. Caminan por Avenida Corrientes, llegan a Callao, toman el Subte Línea B, y así.

Son dos chicos jóvenes. Cualquier hueco entre paredes les sirve para chapar, cualquier baño público les sirve para vivir su efusivo sexo.

Los límites de la realidad

A diferencia de Fiesta con Amigxs, aquí la línea entre ficción y documental es difusa. En todo caso podríamos hablar de una experimentación, una cámara curiosa que se mete dentro de una realidad, aunque no se estructura como un documental. Una historia que se cuenta también a modo de excusa –sin desmerecerla– como contexto para lo que realmente se quiere contar.

La conocida como Ley de Matrimonio Igualitario (modificación del Código Civil que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, sin distinción con el que contraen parejas de diferente sexo), sancionada en 2010; y la posterior Ley de identidad de género, de 2012 (que permite el reconocimiento de su género a personas que nacieron en un cuerpo de “sexo equivocado”) no solo fueron un triunfo para quienes peleaban por sus derechos a contraer matrimonio o ser reconocidos por la ley como quienes realmente son.

Significaron un triunfo del espíritu de lucha, sí, y también la visibilización de algo que ya se encontraba en nuestras calles hace mucho tiempo, ¿quién no oyó hablar alguna vez de las famosas teteras?

Amor a escondidas

Los protagonistas de Puto se buscan, se desean, viven un amor joven, se pelean, pero también se esconden. La película nos habla de algo latente, no es el tubú de décadas anteriores, tampoco es la apertura del ser uno más como cualquier otro; había algo inminente que tenía que cambiar y que quizás la sociedad ya lo había aceptado antes que las leyes, o no.

Puto es una película sucia, los puntos en comun podemos encontrarlos en el cortometraje del propio Oliverio Historia de amor en un baño público, antes que en la nueva camada de cine LGBT nacional encabezada por el cine de Marco Berger o Papu Curotto.

La cámara es utilizada de modo entrometido, casi a modo de una filmación casera. Se mueve permanentemente, similar a un found-footage sin serlo realmente. Ese alejamiento de la estilización es lo que le aporta su realismo y franqueza, su grado de experimentación desde lo mundano. (¿Desde lo cotidiano de estas parejas?).

Los chicos se mostrarán juntos, y luego por separado, viviendo su sexo y su identidad a su modo, y no hay nada que nos haga presuponer que eso no seguirá siendo así cuando la cámara se apague.

Conclusión

De sexo, de amor, en definitiva, de personas. Puto provoca los sentidos, no se asoma a la prolijidad, pero detrás de ese aparente impacto habla de vidas que merecen/ian ser traslucidas y reconocidas como cualquier otra. Pablo Oliverio se pone con su arte al frente de los reclamos, y lo hace alejándose de lo declamatorio, mostrando a los protagonistas de una realidad irrefutable.

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