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El origen del mal en Tenemos que hablar de Kevin

Nota por el 27/07/2016
 

El thriller psicológico Tenemos que hablar de Kevin (2011) es una de las películas más impactantes de los últimos años. Eva, la madre de Kevin, se esfuerza por querer a su particular hijo a pesar de las cosas perversas y oscuras que hace. La historia explora una temática fascinante: ¿fue Kevin una semilla podrida desde el vamos, o sus acciones se corresponden con una mala crianza? En esta nota te contamos sobre el origen del mal en Tenemos que hablar de Kevin.

SpoilerAlert: se revelan algunos detalles de la trama, si bien voy a evitar contar el brillante final.

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El eterno debate

Inspirado en El origen de las especies de Charles Darwin, el científico británico Francis Galton (que era su primo) acuñó por primera vez al termino de lo “innato”. Buscaba entender si nuestros trastornos emocionales, personalidad y comportamiento tienen un origen genético (de nacimiento) o si son producto del medio social en el cual se desenvuelven.

Hoy se sabe que ambos tipos de factores (ambientales y hereditarios) interactúan en el desarrollo de un individuo y forman parte una red muy compleja. Entender qué contribuye más a la personalidad (la herencia o el ambiente) es equivalente a preguntarse qué contribuye más al área de un rectángulo (su largo o su ancho). Sin embargo, el debate sigue existiendo, y las posturas suelen ser muy extremas.

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El origen del mal en Tenemos que hablar de Kevin

La película es una adaptación de la novela homónima que Lionel Shriver escribió en el 2003. La gran diferencia es que el libro tiene una estructura epistolar (son cartas que Eva le envía a Franklin, el padre de Kevin) mientras que el largometraje adoptó una narrativa de flashbacks que van y vienen en el tiempo. La directora, Lynne Ramsay, utilizó un paralelismo entre escenas muy delicado donde prevalecen una serie de símbolos: el color rojo, la yuxtaposición de miradas, los mismos lugares mostrados en diferentes tiempos, etc.

Ninguna escena está desperdiciada en esta película repleta de sutilezas. La mayor de estas sutilezas, la más exquisita, es la ambigüedad con la que se trabaja el origen del mal. Desde las primeras escenas entendemos que Kevin cometió un acto de violencia extrema. ¿Pero se convirtió en un asesino porque la madre no lo quiso lo suficiente, o era un psicópata desde el primer momento? La historia nos balancea –con maravillosa tensión– hacia un lado y hacia otro.

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¿Puede ser culpa de Eva (soberbia a actuación de Tilda Swinton) que nunca quiso ser madre? ¿Qué no tuvo la suficiente paciencia? Ella tuvo que renunciar a su carrera (que adoraba) y a su libertad. A lo mejor, Kevin siempre supo que su madre nunca lo quiso. O, quizás, fue una mala semilla. Algunas personas nacen diabólicas. Punto.

Franklin es otro de los agentes en esta historia. El padre de Kevin consideraba a su hijo como un buen chico; no lo criaba, sino que quería ser su amigo. Franklin nunca apoyó las acciones que Eva tomaba para corregir la conducta de Kevin. Hasta le regaló el arma asesina: el arco y flecha (y lo incentivó a aprender a dispararlo).

La película perturba e hipnotiza en partes iguales. La mayoría de estas historias (pensemos en Elephant, de Gus Van Sant) se enfocan en el asesino. En un hábil giro argumental, acá la mirada está puesta sobre la familia del asesino. Incluso la masacre en sí nunca se muestra del todo. Vemos el efecto de la misma, vemos las consecuencias, el antes y el después del crimen.

Un circulo de destrucción

Una de las escenas claves en Tenemos que hablar de Kevin es cuando Eva decora su cuarto. Lo empapela con mapas que representan su pasión por los viajes (y también nos habla de cómo ella extraña lo que alguna vez fue). Entonces llega un pequeño Kevin y dice que eso es “tonto”. Eva le dice que ella puede decorarle su cuarto para que represente su personalidad. Kevin, enojado, replica: “¿Qué personalidad?”. Da la impresión de que no tiene una identidad formada y positiva sobre él mismo, está perdido, confundido. Más tarde destroza el cuarto de Eva (y su empapelado) con una pistola de pintura. Eva, embroncada, destruye la pistola de pintura. La escena es fundamental para entender que ambos están girando frenéticamente en un círculo destructivo y sin control en el que uno progresivamente responde con más fuerza que el otro.

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Cada momento de la película acumula y agrega información sobre la disfuncional relación entre madre e hijo. Hay quienes afirman que Kevin vino “mal de fábrica” y que tenía una relación edípica con la madre (algo que cobra sentido, especialmente, luego del desenlace). Otros concluyen que Kevin fue víctima de padres negligentes. Si bien Eva gradualmente se vuelve mejor madre, nunca termina de abrazar la maternidad. Mientras tanto, el padre (John C. Reilly) peca de no interesarse nunca en su educación y su conducta, es desinteresado e indiferente.

El verdadero origen del comportamiento de Kevin (un fantástico Ezra Miller) polarizó a la audiencia. Y lo mejor que hace la cinta es nunca respondernos el interrogante. Es, sin duda, una historia que te deja pensando y pensando. Oscura, tenebrosa, existencial, psicológica.

No cabe duda de que, en el futuro, los psicólogos y científicos van a continuar debatiendo la idea de la naturaleza vs. el medio, seguramente mientras vuelven a mirar Tenemos que hablar de Kevin.