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La importancia de los clásicos

Nota por el 26/08/2016
 

Los clásicos son, por definición, obras ampliamente conocidas, consideradas de alta calidad y que han influido trabajos posteriores. Sin embargo, sucede muchas veces que el público casual sólo los ubican a través de homenajes, parodias, alusiones o referencias directas en obras más populares. Y muchas veces tienen conceptos erróneos. En esta nota vamos a hablar sobre la importancia de los clásicos de la ficción.

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¿Qué es la ósmosis pop-cultural?

En Altapeli nos preocupa  tu educación. Por eso no sólo hablamos de la actualidad de cine, series de TV y animé. También nos gusta, ocasionalmente, brindar un cacho de cultura y remontarnos a los grandes clásicos.

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Las producciones más destacadas de nuestra cultura son percibidas, en general, a través de la cultura pop. Este fenómeno se suele identificar como “ósmosis social” u “ósmosis pop-cultural”. Es debido a esto que reconocemos a Leonardo, Miguel Ángel , Rafael y Donatello más como Tortugas Ninja que como artistas renacentistas.

Un número notable de personas hablan de Citizen Kane como uno de los clásicos más memorables del cine, y hasta pueden reconocer la famosa escena inicial, pero nunca han visto verdaderamente la película, y no podrían identificar ninguna otra escena o diálogo.

¿Está mal que sea así?

En parte, sí. Porque Citizen Kane es un logro técnico y narrativo que sigue siendo relevante aún hoy. Pero, además, porque al conocer la verdadera fuente, al experimentar el clásico (y no simplemente una referencia al mismo) podemos entender mejor todo lo que la televisión y el cine de hoy nos están presentando una y otra vez (y evitar concepciones erróneas).

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Todo es un remix

La temática de la dualidad que presenta El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (del inmenso Robert Louis Stevenson) es muchísimo más popular que la novela que la originó. Seamos sinceros: nuestra noción de Jekyll y Hyde fue matizada progresivamente por adaptaciones poco fieles, los desastres que se han hecho con El Increíble Hulk y thrillers que utilizan la doble personalidad como premisa. Y es una lástima, porque la novela es fascinante.

Algo muy similar sucede con Drácula, de Bram Stoker, que no tiene absolutamente nada que ver los vampiros que popularizó la saga de Crepúsculo. (En ese sentido, quizás Let the Right One In es lo más fiel a Drácula que salió en los últimos años).

¡Y pobre Mary Shelley! Frankenstein o el moderno Prometeo es la primera obra de ciencia ficción de la literatura, y una novela tan compleja como filosófica. Sin embargo, muchos ni siquiera saben que el monstruo no se llamó Frankenstein (sino que ése era el científico que lo creó) ¡y ni siquiera era de color verde! (su piel era más amarillenta). El cine se ocupó de desvirtuar la historia original con efectos especiales estrambóticos y convirtiendo al monstruo de Frankenstein (¡que nunca tuvo novia!) en algo alejadísimo de la ficción que le dio vida.

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Al lado de Mary Shelley, los otros dos que sufren constante bastardizaciones son Shakespeare y la Biblia. El caso de Shakespeare es de manual: el tipo es el más grande escritor inglés y, 400 años después, sigue siendo el preferido. ¿Qué otro dramaturgo puede nombrar la gente común? Y, sin embargo, muchos conocen sus obras a través de la ósmosis pop-cultural.  George Martin, Agatha Christie, Alfred Hitchcock y Ray Bradbury han reutilizado elementos recurrentes que Mr. Shakespeare plasmó, primero y antes que todos, en sus obras: personajes ambiguamente sexuales, la idea de que “cualquier personaje puede morir en cualquier momento”, el intenso uso de las profecías. Shakespeare ya lo había hecho todo en Macbeth, Hamlet (nadie entiende de qué habla realmente el famoso soliloquio), Otelo, Romeo y Julieta o Ricardo III.

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Sólo quienes vieron Casablanca saben que Humphrey Bogart nunca dice “Play it again, Sam”. Sólo quienes vieron Flash Gordon entienden que el “creativo” George Lucas tomó la idea de los créditos iniciales de ahí (hoy inevitablemente unidos a la saga de Star Wars). Y hablando de Star Wars: ¡cuánto que le debe a las clásicas películas japonesas de samuráis! (Y a Akira Kurosawa en particular).

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A la mitología nórdica le pasa mucho esto. No: Loki y Thor no eran hermanos, y Loki no es el mal personificado. Y Thor era más colorado que rubio. ¡Ni hablar de la mitología griega! Por ejemplo, la historia de Hércules es universalmente conocida por la película de Disney, pero esta adaptación está más en sintonía con la mitología de Superman que con la vida real del personaje griego.

La importancia de los clásicos

Lo que quiero decir con todo esto es que la importancia de los clásicos reside, muchas veces, en saber de dónde venimos. La ficción es hija de su tiempo, y hay cosas que funcionaron en un contexto determinado y no lo harían hoy. No estoy promulgando que el cine actual apesta (hay muchísimas cosas originales dando vueltas) sino que mucho de lo que consideramos “original” tiene su fuente en los clásicos. Y no está mal, cada tanto, agarrar una de esas viejas películas en blanco y negro. También hay literatura de hace más de cien años que trata con temáticas contemporáneas, y sigue siendo maravillosa aun hoy.

Sería injusto decir que en estos últimos veinte años no se han hecho buenas películas. Las hay, y muy buenas, pero su número queda eclipsado por la cantidad innecesaria de refritos, secuelas, precuelas, remakes y reboots.  Más veces de lo que creen, la literatura y el cine clásico poseen narrativas sólidas, ideas atractivas y ese gusto especial que sólo tiene aquello que se volvió eterno, atemporal, aquello que el tiempo no puede dañar.