Noticias

¿Qué es la suspensión de la incredulidad?

Nota por el 02/01/2017
 

En 1817 el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge acuñó a la frase “suspensión de la incredulidad” (en inglés:  willing suspension of disbelief) para referirse a la voluntad de una persona (un lector o un espectador) para dejar de lado (“suspender”) el sentido agudo y crítico, ignorando incoherencias de la obra en la que se encuentra inmerso. Así: la suspensión de la incredulidad es fundamental para poder disfrutar de una serie de TV, libro o película. ¿Pero qué es exactamente?

b8f8f47285d460db6deaddc2512c8246

Mentime que me gusta

Si no tuviéramos la voluntad de “dejar pasar ciertas cosas”, sería imposible para nosotros disfrutar del cine, la literatura, la televisión o los videojuegos. Si no nos dejáramos convencer, aunque sea mientras leemos, de que la magia de Hogwarts es posible, nunca podríamos entretenernos verdaderamente con la obra del Universo Potter, por ejemplo.

El escritor tiene que esforzarse por hacer realista lo irreal, lo imposible. Así lo hizo Miguel de Cervantes, quien narró una obra realista que parodia a las clásicas historias de caballeros, dragones y damiselas en peligro.

tumblr_inline_mgsio0wtuf1r4hagi

La suspensión de la incredulidad también es un componente esencial del teatro. Al leer una historia de William Shakespeare debemos aceptar las limitaciones en la historia, sacrificando realismo y, en ocasiones, credibilidad  y lógica, en pos de la diversión.

Suspensión de la incredulidad: ¡Quiero creer!

En la vida real esto es elemental para poder disfrutar el show de un mago. Sabemos que el tipo no está cortando a la mujer en dos, pero elegimos sorprendernos, elegimos creerlo por un momento. Nos dejamos seducir por la remota posibilidad de que sea cierto.

poetica-aristoteles-1745-mlu4012852000_032013-f

Aristóteles planteó este concepto de verosimilitud (junto a muchos otros sobre la literatura) en su fascinante Poética, aunque no le dio un nombre preciso. Ahí postula que para convencer a alguien (a lectores y espectadores, por ejemplo) es preferible una mentira creíble que una verdad increíble.

Ciertamente, se trata de un ingrediente esencial en cualquier tipo de narrativa. En el cine, los espectadores tienen que ignorar la realidad de que están viendo una pantalla de dos dimensiones. Aceptan, temporalmente, que Los Vengadores están deteniendo a una invasión extraterrestre para poder disfrutar la historia. Algo similar sucede con las películas de acción, donde los héroes le pegan a todo mientras corren y nunca se quedan sin municiones.

Muchas veces es posible medir una película –especialmente aquellas que apelan al escapismo– en “cuánto me permite abstraerme del mundo real”.

A veces este indicador es directamente proporcional con la medida en la que se disfruta el cine. Me pasó en el 2015 con Mad Max: Fury Road, un delirio absoluto que, aunque imposible, te hace perderte completamente en la historia. Lo mismo experimenté este año con la espectacular Rogue One: una historia de Star Wars.

El caso de Superman

Un ejemplo contemporáneo sobre la suspensión de la incredulidad es la aceptación masiva que tiene el hecho de que Superman pueda ocultar su identidad simplemente con un par de anteojos. Por supuesto que es ridículo.

superman_glasses_2

Perfecto… supongo que nadie se va a dar cuenta…

En algunas adaptaciones –por ejemplo, en la película de 1978– se jugó con el hecho de que Clark Kent actúa lo suficientemente diferente a Superman (en formas de hablar, de mirar, de dirigirse, de caminar, de vestirse) para que la semejanza “no se note”.

Imposible sí, improbable no

Se le puede pedir a la audiencia que crea lo imposible, pero no lo improbable. Demasiadas coincidencias perjudican. Podemos aceptar que un Gran Mago puede teletransportarse alrededor del mundo, pero no que el Hacker descubrió la clave en el primer intento.

Podemos aceptar que una esponja viva en el fondo del mar, hable inglés, use ropa y vaya a trabajar, pero no que el Dr. Hank Pym (en Ant-Man) pueda tener un tanque miniatura en su bolsillo. Si la partícula Pym que inventó lo que hace es reducir la distancia entre átomos para encoger un objeto, manteniendo la misma masa, ¡el mini-tanque debería pesar 60 toneladas!

El nivel de suspensión de incredulidad que tenemos es un indicador de cuánto podemos disfrutar una obra creada para el entretenimiento. Si somos cerrados, críticos e hilamos demasiado fino, seguramente nos vamos a perder de recrearnos con historias fascinantes (aunque, a lo mejor, agarradas de los pelos).

Los cables que levantan la máquina

d6a9661443d09e72d43ff266fc93eb86

Un niño tiene este nivel en su punto máximo. Cree todo lo que digan, cree todo lo que ve. Para él no existe el sarcasmo, no lo llega a percibir. A medida que crecemos, la vida nos va golpeando con batacazos de realidad, nos ahoga con razonamientos, críticas, ciencia y lógica. Y debido a ello, dejamos de creer en la magia.

Comenzamos a ver los cables que levantan la máquina, la postproducción que tuvo la película, los agujeros de guión que presenta la historia.

Un buen autor sabe que no es necesario ser realista al escribir: sólo creíble e internamente consistente (eso sí es clave). Un empresario de la creatividad debe lograr que su audiencia suspenda voluntariamente la incredulidad a medida que lee, escucha o mira.

El escritor provee una buena historia y, como recompensa, recibe la aceptación de la realidad como él la presenta.

Cuando el autor empuja a la audiencia más allá de lo que está dispuesta a aceptar (léase: la serie Lost o el final de How I Met Your Mother como ejemplos personales) el producto falla como obra de ficción. Podemos pedirle al espectador que tenga suspensión de la incredulidad, ¡pero tampoco la pavada!

Aunque usualmente el realismo puro genera historias soporíferas, imposibles y aburridas. Está bien tomarse unos recreos de la realidad y crear historias que sean consistentes pero que tengan sus  licencias artísticas, coloquen algunas coincidencias sorprendentes, rompan la cuarta pared o incorporen elementos ajenos a nuestra propia realidad. Siempre, por supuesto, con mesura.