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La verdadera historia de Florence Foster Jenkins: la peor cantante de la historia

Nota por el 03/03/2017
 

Nacida en el seno de una familia de la alta alcurnia, utilizó gran parte de su riqueza heredada para fomentar la música en la Nueva York de principios del siglo XX, y de esa forma se dio el lujo de cantar en los más prestigiosos teatros del país del tío Sam, a pesar de un gran problema: tenía una voz horrible. Esta es la verdadera historia de Florence Foster Jenkins: la peor cantante de la historia. 

La verdadera historia de Florence Foster Jenkins: la peor cantante de la historia

Hija de un acaudalado abogado, Florence Foster nació en Pensilvania el 19 de julio de 1868; creció como hija única ya que su hermana menor falleció a muy temprana edad. Durante sus primeros años de vida, Florence era conocida como “Little Miss Foster”, tocaba el piano e inclusive llegó a interpretar una pieza en la Casa Blanca para Rutherford Hayes, por entonces el presidente de Estados Unidos.

Empezando la adultez, Florence le solicitó permiso a su padre para seguir sus estudios musicales en Europa: ante el rotundo no de Mr. Foster, Florence decide fugarse a Filadelfia con su novio, el doctor Frank Thorton Jenkins, con el que se terminaría casando en 1885.

La verdadera historia de Florence Foster JenkinsSin embargo, el matrimonio con el doctor Jenkins solamente le trajo desdicha a su vida: a los pocos meses de haberse casado, Florence cayó en la cuenta de que su marido le había contagiado sífilis. La relación terminó, pero el matrimonio finalizó definitivamente recién en 1902.

Parecía que su destino estaba signado por la desgracia: además de su enfermedad venérea, Florence sufrió una herida en el brazo, lo que le impidió continuar como profesora de piano, profesión con la que se ganaba la vida durante su estancia en Filadelfia.

Al mudarse a Nueva York fue cuando empezó a nacer el mito. Allí Florence decidió que quería ser cantante, y tras la muerte de su padre en 1909 recibió una gran fortuna como herencia, por lo que su sueño de cantar ópera comenzó a tomar forma. Mientras tomaba clases de canto, se insertaba en los círculos musicales de Nueva York y hasta creó su propio recinto musical: The Verdi Club.

Su primer recital lo brindó en 1912 con la anuencia de St. Clair Bayfield, actor británico que se convirtió primero en su manager, y luego en su marido. Mucho se habló de la supuesta homosexualidad de Bayfield, por lo que se creyó que era un matrimonio por conveniencia. Florence declaró acerca de su debut como cantante: «El mundo oyó mi voz el mismo año que se hundió el Titanic», aunque aún no se ha podido demostrar relación entre ambos incidentes.

Acompañada por el pianista Cosmé McMoon, Florence ofrecía al público un espectáculo de proporciones bizarras descomunales: a su carencia absoluta de ritmo, fraseo, afinación y técnica totalmente inexistente, le sumaba un extravagante vestuario –diseñado por ella misma–. Cabe destacar que aunque público se ahogaba en risas durante sus presentaciones, cada espectáculo terminaba con aplausos por parte de todos los espectadores, e inclusive llegó a compararse con figuras de la talla de Frieda Hempel o Luisa Tetrazzini. Lo cierto es que Florence brindaba recitales en el hotel Ritz-Carlton, e “interpretaba” arias de ópera cuya ejecución requería sortear una dificultad abismal.

A los 76 años, el 25 de octubre de 1944, cumplió el sueño de su vida: actuar en el mismísimo Carnegie Hall en Nueva York. Las entradas se agotaron enseguida, y por primera vez asistieron críticos que nunca la habían visto cantar en vivo. El resultado fue el esperado: la masacraron en las críticas de los diarios al día siguiente.

La leyenda sostiene que a pesar de que el público la despidió con aplausos y vitoreos, Florence no pudo soportar las malas reseñas de su actuación en el Carnegie Hall, y esto la afectó tanto que le terminó ocasionando la muerte tan solo un mes después de haberse subido al escenario del teatro neoyorquino más prestigioso.

Lo cierto es que la verdadera causa de su muerte fue la sífilis: en ese entonces se creía que la enfermedad se debía combatir tomando mercurio y arsénico, lo que en realidad terminaba empeorando la condición médica. El tratamiento con penicilina llegaría recién algunos años después.

A pesar de su nulo talento para el canto, Florence logró llenar cada recinto donde se presentaba y con el público se formaba una especie de juego: a pesar de que los espectadores se reían, realmente disfrutaban de la performance de Florence. Quizás esto se deba a que la mujer transmitía el entusiasmo y el amor verdadero por la música:

Algunos dirán que yo no podía cantar, pero nadie podrá decir que no canté.

Entre los años 1941 y 1944 llegó a grabar nueve arias y un par de canciones, la cuales logró editar en tres discos: The Muse Surmounted: Florence Foster Jenkins and Eleven of Her RivalsThe Glory of the Human Voce y Murder on the High C’s.

La verdadera historia de Florence Foster Jenkins fue llevada al cine el año pasado cuando se estrenó la película basada en su vida Florence: La Mejor Peor de Todas, protagonizada por Meryl Streep, papel que le valió una nueva nominación a los premios Oscars.