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Carmel: ¿quién mató a María Marta? (REVIEW)

Críticas

Carmel: ¿quién mató a María Marta? (REVIEW)

Con Carmel: ¿quién mató a María Marta? el fenómeno de las docuseries se traslada a la Argentina para relatar uno de los femicidios más famosos de nuestra crónica policial. Crítica a continuación.

El domingo 27 de octubre de 2002, la socióloga María Marta García Belsunce era asesinada en su casa del country Carmel en Pilar. 18 años después, teniendo a su esposo Carlos Carrascosa condenado y a medias absuelto por el crimen y esperando un tercer juicio apuntando al vecino de la víctima, Nicolás Pachelo, las preguntas y contradicciones alrededor del caso son tantas que resulta un misterio tan incierto como lo era en sus primeros días.

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Carmel: ¿quién mató a María Marta? – Netflix

El acontecimiento se apoderó de la opinión pública de aquel entonces y vuelve a hacerlo ahora gracias a la serie documental de Netflix, la cual reabre heridas e interrogantes. ¿Quién la mató? ¿Cuál fue el motivo? ¿Por qué la familia realizó todo lo posible para encubrir el asesinato? ¿Por qué el fiscal no siguió otras líneas de investigación? Por qué y más por qué. La mayoría de los protagonistas de ese suceso, las figuras que se agolparon en la casa aquel día esforzándose en hacer pasar como accidente doméstico lo que después se sabría fue un homicidio, se someten al lente de la cámara para dar su versión de los hechos, tratando de exculparse ante el otro protagonista principal de esta historia: la opinión pública.

Es que, en 2002, el país se enfrentaba a una crisis social apabullante, de esas que nos azotan cíclicamente cada determinado tiempo. Ante tal panorama, los argentinos de repente nos enfrentamos a la historia indicada para ser la comidilla y el escape: un crimen que lo tenía todo, en el seno del polo económico opuesto al de la mayoría de la sociedad. Carne de cañón para demostrar, una vez más, que la realidad supera siempre a la ficción.

Los medios usaron el caso para llenar miles de horas de programación y gastar toneladas de tinta, el público estaba ávido de miserias «de gente bien» en la cual depositar la atención, los preconceptos y/o prejuicios sobre estas personas «que no hacen sus fortunas de manera honesta». Convertido en circo mediático, casi que nos olvidamos de lo principal: la víctima era real, María Marta no es un ser de ficción y su vida fue coartada de manera espantosa. La justicia pasó a ser apenas un detalle de lo que podría ser una (poco verosímil) novela de la tarde.

Carmel: no es posible la ficción

La historia era ideal para pasar a ser ficción. ¿Por qué no hacer una película o una serie del caso? En este auge de las series basadas en casos reales no hubiese sido extraño. Pero, a la luz de los giros y cantidad de líneas, resulta casi inadaptable; si fuese una serie de ficción diríamos que los guionistas quieren abarcar demasiado y sería hasta poco creíble sin cruzar a la zona del ridículo.

No hay ficción posible que le haga honor a esta trama, no hay actor al cual ponerle el rostro de Carrascosa, no existe forma verosímil de unir un asesinato en el seno de una casa millonaria en una comunidad cerrada con médiums, carteles mexicanos, periodistas obsesionados, juicios, relaciones con el poder, disputas familiares, fanáticos del caso que abren blogs y hasta el superclásico del fútbol local… y el pituto, no olvidemos al pituto. Es demasiado.

Así aparece el primer gran acierto de los responsables de Carmel: ¿quién mató a María Marta?, en la elección del formato docuserie para exponer los hechos y hábilmente instalar preguntas y más preguntas. Sabiendo que respuestas concretas hay muy pocas, la serie es hábil al usar las reglas del documental tradicional para transitar el caso siguiendo la línea temporal en forma cronológica, sin recurrir a enrevesados arcos o desórdenes temporales. No lo necesita: el caso ya es rico en detalles y los giros existen por sí solos sin necesidad de forzarlos.

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Hay un gran trabajo de guion (a cargo de Lucas Bucci, Sofía Mora, Tomas Sposato y Alejandro Hartmann, también director) que sabe hacerse invisible para que la historia fluya, colocando silenciosamente cliffhangers tan naturales que son la envidia de cualquier guionista de ficción, dejando a los exóticos «personajes» hablar para que los espectadores volvamos a teorizar y jugar a los detectives, utilizando el material de archivo y las recreaciones en los momentos justos para obligarnos a consumir los 4 episodios de un tirón.

No es casual que surja de forma natural la comparación con la novela policial y el whodunnit (¿quién lo hizo?). Y, de nuevo: si no existiese una vida real que fue aniquilada de forma trágica, esto podría ser hasta una comedia surrealista.

De argentinos y sus obsesiones

El otro gran acierto de este true crimen criollo es no solo centrarse en un caso del que hace tiempo no hay nada nuevo para decir, sino usar la serie para hablar de la justicia argentina y, principalmente, de nuestras propias obsesiones. Pero no solo la lupa estará puesta sobre esa gente poderosa que cree tener el mundo a sus pies considerándose merecedores de privilegios por el simple hecho de tener mucho dinero, sino también en el sector opuesto con nuestra necesidad imperiosa de mirar la vida del otro (especialmente la del diferente a uno) y condenar. Porque si hay algo que nos caracteriza a los argentinos es creer tener la verdad sobre cualquier tema.

Es imposible la objetividad en un documental, el punto de vista del documentalista siempre guía la trama, no estoy diciendo nada nuevo, pero a pesar de eso y a sabiendas de que no hay un final claro o cerrado, sorprende la destreza de los realizadores de Carmel para tirar la pelota afuera y dejar que nosotros espectadores dotemos de sentido y seamos jueces del círculo íntimo que no vio o no quiso ver ¿quién mató a María Marta?

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Carmel: ¿quién mató a María Marta? (REVIEW)
Conclusión
Todos los recursos del clásico true crimen, sean entrevistas a protagonistas, la opinión de expertos, material de archivo o las recreaciones, son colocados con sutileza no para encontrar respuestas sino para instalar más preguntas y darnos la posibilidad de condenar lo que la justicia parece incapaz de resolver.
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